Mi Madrid va desde Gran Vía hasta Lavapiés y de Plaza de España hasta el Paseo del Prado, con algunas incursiones a Huertas y el pijo Barrio de Salamanca. Este trozo de ciudad en el que me muevo tiene una vida de dos polos, como casi todas las grandes urbes del mundo, pero esta, como la rosa, es única por que es mia.
De día hay mucha gente. Por todos lados, caminando, sentados en las bancas o al rededor de las mesas de las cafeterías que ponen en las aceras y plazas para tomar el sol. Al menos durante la primavera y el verano. En las calles cientos de señores, señoras, madres con bebés en carreolas van y vienen cruzando del McDonald's al H&M, o de Zara al Corte Inglés. Salen y entran de las cafeterías o de los pequeños bares que abundan. Los camiones de reparto entran en las callejuelas, invadiendo las zonas peatonales para descargar barriles de cerveza, pescado, verduras o pan en cada local. Los automóviles circulan pacientemente, o a veces no tanto, dejando que los motociclistas se cuelen entre las rendijas que dejan entre ellos.
Por la tarde, junto con el sol se va el barullo. Poco a poco las calles se quedan con los otros habitantes. Siempre estan ahí, pero de día es difícil distinguirlos por que se mezclan con el panorama.
Pero conforme entra la noche y la madrugada, estos personajes transparentes durante el día se convierten en los ciudadanos de esta ciudad. Putas, negras, asiáticas, rumanas. Las negras están sobre el lado norte de Gran Vía. Las rumanas en Montera, Las asiáticas se esconden más. Estan aquí y allá. Al paso de los hombres lanzan besos, guiñan.
Los sin techo, los homeless, tumbados en los portales de los grandes negocios, con sus cajas de cartón y sus mantas, hablan solos, o hablan entre ellos. Beben cerveza o refrescos.
Los chinos, en cada esquina ponen una caja sobre la cual colocan tortas de jamón, cervezas, chocolates y agua.
Putas, vagabundos y chinos, de ellos son las calles y por ellas pasamos los desvelados, los que salimos de los bares por la madrugada camino a casa.
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